Tiene Singapur un aire profundamente contradictorio. Su paisaje combina la naturaleza selvática con el sello hormigonero de las grandes metrópolis y en apenas un segundo, lo que cuesta acceder a una estación de metro, entrar o salir de un hotel o un comercio, se pasa de experimentar un bochorno tropical al invierno más crudo, el que resulta de las exageradas bocanadas de los aires acondicionados. No hay término medio: exceso o defecto. Siempre, sin excepción. Sudorina o piel de gallina, tradición o modernismo, la quietud de su maravilloso jardín botánico o el trasiego de las larguísimas avenidas; sol y cielo celeste o, como este sábado, una tromba torrencial de agua que tiñó las vistas de primera hora de un tono grisáceo y nebuloso.
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