El día despertó nublado. Y, pronto, la jornada se descubrió tan rebelde como este campeonato que ha tenido cinco candidatos al título, otros tantos líderes de la general, y que llega a su tramo final con un duelo tan lindo como inesperado entre Márquez y Dovizioso. Llovía, salía el sol, chispeaba, y, al poco, las cuatro gotas se convertían en una cortina de agua que cubría todo el trazado, salvaje, de Phillip Island. Volvía a salir el sol. Y con esta brisa marina, a menudo poco deseada, se secaba la pista en apenas unos segundos. Hasta que volvía a llover. Así transcurrió la mañana. En semejante escenario se decidió la pole position del gran premio de Australia, donde hubo caídas por un tubo (o por un tobogán, más bien: esa temida bajada de Lukey Heights, por ejemplo), donde se alcanzan velocidades medias de escándalo (más de 180 km/h) y las curvas rápidas adquieren todo el valor que su nombre indica.
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