Cuando éramos pequeños, recuerdo, nos pasábamos las tardes jugando a la NBA en el taller de costura de la madre de Miguel Cid. La canasta, apenas un tablero artesanal con un aro naranja, la había colocado su hermano en una de las paredes del taller, a una altura apropiada para que pudiésemos machacar y sentirnos Dominique Wilkins mientras la buena de Gloria, imagen de la paciencia personificada, subía bastas de pantalones tejanos y zurcía monos azules de trabajo por cuatro duros mal pagados. Sobre la misma pared, con rotulador, apuntábamos los resultados de los partidos, las estadísticas, e incluso los premios que nos otorgábamos al final de cada temporada ficticia, desde el honroso MVP hasta el de Mejor Sexto Hombre, un laurel bastante humillante teniendo en cuenta que solo éramos cuatro. De ahí nació una pasión que ya nunca abandonaríamos: la de sentarnos frente al televisor para ver a los mejores jugadores del planeta riéndose de las leyes más elementales de la física, elásticos aeroplanos con pantalones demasiado cortos y zapatillas de caña alta a los que acompañaba una música de organillo al grito de “¡Defensa, defensa!”.
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