Todo comenzó aquella noche mágica de Stamford Bridge: ambiente tenso, arbitraje impecable de cierto colegiado noruego, el zapatazo salvador de Iniesta al borde del acantilado, el adelantamiento de Pinto a Guardiola sobre la línea de cal… Mi amigo Pablo llegó tarde y ataviado con una camiseta de Gareth Bale que yo mismo le había regalado, fanático a partes iguales del Barça y el Tottenham, resoplando y profundamente irritado por una multa de aparcamiento que acababan de endosarle: “Entrar y salir, lo que se tarda en coger un atado de cervezas y pagar, ¿tú te crees?”. Y sí, lo creí, porque la vida tiene esas cosas y uno no puede hacer mucho más que aceptar las cartas y seguir jugando, algo que por entonces ni siquiera intuía hasta qué punto encierra una realidad terrible.
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