Asumió el mando cuando nadie, o muy pocos, se atrevían, después de un periodo intempestivo en el que se produjo una guerra abierta entre los altos cargos y los jugadores, con todo el mundo a la gresca y la casa patas arriba, con el tenis español dividido y la herida profundamente abierta. Y, ahora, momento del adiós, Conchita Martínez se marcha por la puerta de atrás, sin la intención de provocar ningún incendio pero con la desazón provocada por la frialdad de los dirigentes y la distancia que han marcado los tenistas, tibios en el mensaje y, sobre todo, elocuentes a través de los silencios.
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