A veces me pregunto qué sería de nosotros, los culés, si la mentira no se hubiese convertido en el pilar de nuestra existencia y la actualidad se ciñera, pálida y aburrida, a los estrictos límites que define la verdad. Dejarse mecer por la ficción, rechazar cualquier certeza y rellenar el vacío con fantasía se me antoja la principal virtud de cualquier barcelonista ajustado a derecho, una hermosa peculiaridad de la que comencé a tomar conciencia cuando no era más que un retaco lastimero y fácilmente impresionable que insistía en coquetear con la chispeante propaganda del madridismo. Discurrían, recuerdo, los halos gloriosos de la Quinta del Buitre y en el bar de mi abuelo lucía una pequeña tablilla con una inscripción sobre la que se forjó mi quebrantable lealtad a los colores azul y grana: “Silencio, estamos saboreando los triunfos del Barça”.
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