El culebrón es un subgénero del fútbol. Su primera norma fija que las historias encuentren dificultades para alcanzar un final. Resulta preceptivo que se enreden sin necesidad, para producir sopor. El culebrón debe torturar. Cuando todo indica que puede llegar a su término, el relato sorprende siempre con un capítulo más, por joder. He ahí su secreto. Es desesperante. Te recuerda a esas personas que cuando estáis a punto de despediros te agarran de un brazo, dicen “por cierto” y te dan la lata con otro tema un rato más. Gracias a un guion patético, y a que en verano descansa el personal, capta nuestra atención inexplicablemente. Hace un par de semanas, en mitad de unas cigalas en Casa Otilio, en Campelo, varios comensales nos sorprendimos espiando el teléfono para verificar que el culebrón Vitolo no había acabado con su renovación por el Sevilla, sino que, a través de Las Palmas, ahora volvía a fichar por el Atlético. Toma ya. Nos pusimos de tan buen humor con aquel aburrimiento que al acabar de comer, en un giro de guion magistral, pagamos.
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