lundi 17 juillet 2017

No es malo

"¿Y qué se le dice a los pibes sobre la fama, el dinero y el lugar que ocupa el futbolista?", le preguntan en el diario argentino Página 12 a Pablo Aimar. "Que eso no es malo", responde el genio de Río Cuarto. Es una entrevista extraordinaria. Aimar fue un genio, un jugador grande como una revolución. Hace muchos años leí una entrevista suya en la que contaba cómo se había enganchado definitivamente al fútbol. Tenía siete años cuando de repente su padre empezó a gritar descontrolado delante de la televisión, saltó temblando del sofá y corrió enloquecido por la casa hasta desplomarse en su cama, boca abajo, llorando. ¿Qué había ocurrido? Diego Maradona había cogido la pelota en el centro del campo en los cuartos de final de México 86, y emprendió una ruta disparatada hacia la portería mientras iba sacándose ingleses de en medio como si le cayesen piedras de los bolsillos; una acción tan extraordinaria que el padre Aimar casi no se vuelve a levantar de cama y al hijo no le quedó más remedio que dedicar su juventud a rescatar algo de lo que Maradona dejó allí, con apenas unos segundos, en una generación de argentinos que se quedó a vivir dentro de ese partido para hibernar en la felicidad del tiempo congelado. 

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