Primero fue una especie hormiga voladora que trajo de cabeza a los tenistas durante unas horas, cuando la plaga de insectos revoloteaba alrededor de ellos y les despistaba mientras estaban en la pista —“me he llevado algunos a casa”, bromeó la británica Johanna Konta—, y en los últimos dos días el motivo de la queja ha sido el césped de Wimbledon. Las elevadas temperaturas en Londres a lo largo de la primera semana de competición (unos 30 grados) y la incidencia directa del sol han hecho que la exquisita hierba del club pierda calidad, de modo que la superficie se ha rasurado en exceso y a los jugadores les cuesta conservar el equilibrio.
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