Confiábamos en que este artilugio sería la solución definitiva. Se acabarían con él nuestras peores pesadillas y, de paso, tantas y tantas riñas tabernarias. Ya no existirían goles fantasma, ni triunfos en fuera de juego, ni penaltis inventados ni fingimientos. La justicia en el fútbol dejaría de ser ciega. Ya no habría periódicos que reprodujeran la palabra “atraco” en su primera página, con lo mucho que les gusta. El VAR, o video assistant referee (árbitro asistente de vídeo en el idioma de Cervantes), enterraría cualquier polémica. Nuestros siempre denostados jueces futbolísticos tendrían un arma infalible para salir de dudas. Les bastaría, ante una acción poco clara, con pedir auxilio a los tres colegas, en paro o jubilados, lo que Alfredo Relaño define como “el futuro momio para exárbitros o árbitros fracasados”, que en una sala habilitada al efecto verían la jugada repetida las veces que fuera menester. Y ahí ya no habría incertidumbre ni titubeo alguno. Ni mucho menos sospechas o suspicacias. Esos tres hombres probos y juiciosos emitirían un veredicto incontestable. Lo que dos ojos no ven lo verían mínimo ocho. Pedazo de invento.
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