dimanche 9 juillet 2017

El primer Wimbledon

En Baiona conocí a un señor —pariente de un pariente de un pariente— que nunca salía de casa. Yo lo veía dos semanas al año, en julio, cuando iba de vacaciones con mis padres. Había sido marinero, y después de un accidente laboral y una depresión, comenzó a aborrecer el mundo exterior. Se recluyó en un piso con balcón, al que nunca se asomaba, desde el que se divisaban el mar y el Parador Conde de Gondomar. Todo lo que necesitaba para vivir se lo traían de fuera su mujer o sus hijos. El resto salía por televisión. Fumaba sin parar y sujetaba los cigarros como si fuesen cabezas cortadas. La primera vez que entré en el salón de su casa yo tenía siete años y él quizá sesenta. Estaba sentado en un sillón orejero, desgastado, y vestía su camiseta nacional, una prenda de Abanderado blanca, de algodón y tirantes. Dormía con ella, y como al levantarse no iba a ninguna parte, la llevaba puesta todo el día. Quizás fuese una coraza.

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