Nunca se sabrá qué provocó la caída que acabó con la vida del genial alpinista Ueli Steck mientras escalaba la vía normal del Nuptse (pico colindante con el Everest). Su cuerpo no se devolvió a su Suiza natal, sino que fue incinerado en el monasterio budista de Tengpoche a principios de mayo. Su desaparición pone fin a la carrera de un hombre empeñado en revolucionar la manera de entender el himalayismo. La posteridad no debería quedarse únicamente con sus récords de velocidad estratosféricos, sino entender que su carrera es el prólogo de una renovada manera de escalar montañas.
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