En la arteria principal de Wimbledon, la que cruza transversalmente el club de un lado a otro, se oían hace unos días unos gritos: “¡David! ¡David! ¡David!”. Entre la marabunta de personas que deambulaban por ahí, una de ellas se detiene. Cuando recibe un toque por detrás, se descuelga un raquetero del hombro y corrige a un periodista español al que le podían las prisas: “No soy David, soy Alejandro, Alejandro Davidovich. Cuéntame”. El chico, de buena planta (alrededor de 1,85), hablaba con un pronunciado acento andaluz, aunque su aspecto hace que se le confunda con un vikingo islandés. Sin embargo, es de Málaga, nació hace 18 años y por sus venas fluye sangre rusa.
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