Cuando ataca, en pleno esfuerzo, tan pleno y enorme que parece imposible que lo pueda mantener más de 10s, Fabio Aru agita la bicicleta de lado a lado y abre la boca tremenda de grandes dientes blancos y se inclina peligrosamente por encima del manilla, de pie sobre los pedales, y avanza sin mirar atrás. Se sufre viéndole subir una tarde solar y de calor Tour, pegajoso. Aru, un sardo que cumplió el lunes 27 años, no es un estilista, no quiere serlo. Más que pedalear, lucha. Se pelea con los rivales, con el asfalto que se derrite bajo sus tubulares, con la montaña que asciende vertical delante de él. Y a todos les derrota. Si el adjetivo agónico no se inventó para describir a Fabio Aru al ataque alguien debería hacer algo para que así fuera. Reescribir su etimología, por ejemplo, de la misma manera que el ciclista sardo reedita en la Planche des Belles Filles, el promontorio de las vírgenes suicidas podría traducirse, tres años más tarde, la imagen de un corredor vestido de tricolor italiano, rojo, blanco, verde, volando por encima de los demás en un tobogán final al 20%.
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