La victoria de Portugal en la Eurocopa de 2017 curó una herida que supuraba en el fútbol luso desde que la inesperada Grecia de Otto Rehhagel dejase a la selección de los Rui Costa, Figo, Pauleta y un todavía adolescente Cristiano Ronaldo -quizás las más talentosa de su historia- con un palmo de narices en la final de 2004. Lloró tanto aquel 4 de julio Cristiano, como lo hizo trece años después al caer lesionado en París tras una falta impropia de Payet.
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