Casemiro dice que es feliz robando un balón. Y que tuvo tantas dificultades en su infancia que ahora que ha cumplido su sueño de llegar lejos en el fútbol nunca sale de casa sin sonrisa. Ir a entrenar lo llama ir a trabajar. Dice que su tarea es tapar huecos, que no tiene la magia de Isco ni los goles de Cristiano, pero que sabe cuál es su papel. Ayer, en su tercera final de la Champions, tuvo una recompensa especial para ese trabajo. El gol del 1-2. Se hizo con un balón muerto en la frontal y chutó con toda la fuerza que tenía en el pie.
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