Cuando por fin empezó a hablar de lo más íntimo que le atormentaba desde niño, Casemiro le dijo a su madre, Magda, que cuando ella lo llevaba a los partidos a jugar él se preguntaba por qué su padre no estaba allí, como el resto de padres. Lo cierto es que su padre lo había abandonado cuando él tenía tres años, y Casemiro creció con su madre y dos hermanos pequeños en el barrio más pobre de San José de Campos, una ciudad a casi 100 kilómetros de Sao Paulo. No cabían en casa, literalmente: el chico emigraba por la noche a los domicilios de su tía o su abuela. Por eso, del fútbol profesional lo primero que recuerda es una habitación: la del centro de entrenamiento del Sao Paulo, su primer cuarto.
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