Durante 200 kilómetros el Giro es una boa que goza perezosa de su digestión avanzando lenta del Tirreno al Adriático. El pelotón es un sistema cuyas reglas, melancólicas, solo atienden a su preservación. No tiene más objetivo que su subsistencia, su paso sin dejar huella, apenas sin sobra en una tarde grisácea junto al Jónico, el tercer mar italiano, por paisajes históricos y templos griegos con columnas dóricas. Es un organismo del pasado, como los trullos que poco a poco, según se entra en la Apulia y se deja el mar, van salpicando el territorio entre almendros y algunos olivos, manchándolos con su arquitectura blanca, sus cúpulas cónicas grotescas y exquisitas, como las contó Pasolini.
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