Cuando Antonio Cordón llegó al Mónaco en el verano de 2016 acumulaba más de tres décadas de experiencia en la parte más anónima de la industria del fútbol. Había sido portero en la cantera del Madrid, profesor de INEF, entrenador en los campos de tierra del Colegio San Agustín, aledaño al Bernabéu, profesor de la escuela de entrenadores, ojeador y, finalmente, coordinador de la estructura profesional y de cantera del Villarreal, club en el que permaneció 17 años. La consigna que le dio el máximo ejecutivo del reducto monegasco, el vicepresidente Vadim Vasilyev, fue genérica y fue una señal de confianza total: que observara la situación y que hiciera lo que creyera oportuno para cambiarla. Tras una inspección rápida, Cordón, ya investido como director deportivo, sacó una conclusión que trasladó a sus amigos con ese aire impasible que le caracteriza: “El Mónaco es un gigante dormido; solo hace falta despertarle”.
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