El Giro es cosa de jóvenes grandes y limpios, y los pequeños sobreviven. El líder de rosa es un gigante holandés cuyas buenas maneras desmienten a sus cejas sombrías y negras, Tom Dumoulin, y en Bérgamo, donde la madre de Gimondi era cartera en bicicleta, ganó Bob Jungels, hermoso de blanco, y potente como una locomotora, que atacó en la ciudad alta y sus callejuelas empedradas y empinadas, y esprintó con más velocidad aún, y más potencia, en la calle por donde paseaba Juan XXIII antes de ser Papa. Una avenida amplia en la que una docena (todos los buenos y algunos especialistas) le disputaron la victoria y los segundos. Terminó detrás de él Nairo Quintana, que se había caído unos kilómetros antes. El líder, un Shrek o así, tan bondadoso y bonachón, mandó parar al pelotón, frenar su marcha en un descenso, hasta que el colombiano regresó.
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