Cuando jugaba al tenis me pasaba que hacía un set estupendo y ganaba 6-0, pero si volvía a jugar igual en el siguiente perdía por el mismo resultado. No había respuestas en el juego, que era constante, sino en la disposición mental, de una fragilidad maravillosa. Podía dar golpes fantásticos y fallar en todos los momentos clave, como el Arsenal. Que mis derrumbes se produjesen tras ganar el primer set ante un rival con mejor ranking, y que siempre ganase el segundo cuando perdía el primero ante uno con peor ranking, me llevó a una conclusión escandalosa: yo jugaba mejor cuando nunca tenía nada que perder.
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