Advirtió Luis Enrique que el Barça asumiría riesgos. Y no engañó el técnico azulgrana porque aunque jugó con el 4-3-3 y no con el 3-4-3 que tan buen resultado le dio en la vuelta de la anterior ronda frente al PSG pero que tan nefasto salió en Turín, hubo muchos mecanismos que indicaban la gallardía del Barcelona. Piqué no solo conducía el balón para provocar la presión rival sino que también (al igual que Umtiti) salía de sitio a cada ocasión que Higuaín bajaba a recibir; Sergi Roberto se reconvertía en extremo derecho a la que el balón superaba su línea; Iniesta no bajaba a construir sino que se buscaba las habichuelas entre las líneas; y los tres delanteros apenas bajaban para que los laterales rivales no se animaran a cruzar la divisoria. Pero con el balón en los pies, todo pasaba por Messi. Aunque la Juve presionara en campo ajeno, Piqué se salía casi siempre airoso para ser la raíz del juego, para conectar con un Busquets que no se cansó de repartir y remover. Pero su prioridad era el 10: si La Pulga levantaba la cabeza, se la daba; y si la mantenía gacha, daba una vuelta a lo Xavi con el balón en los pies y, antes de entregársela a otro, miraba por si acaso había cambiado de opinión. Neymar hacía lo mismo tras sus quiebros, Iniesta le encontraba cuando la Juve reculaba hasta el balcón del área y Alba centraba hacia atrás para ver si Leo la cazaba. Pero Messi no descascarilló la jaula bianconera.
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