Acabada su comparecencia ante los medios, Diego Pablo Simeone aún resoplaba en los bajos del King Power de Leicester. Su rictus, en el trayecto hacia el autobús, era el de un entrenador tan emocionado como exhausto. Los vaivenes del partido tras el gol de Jamie Vardy aún le impedían disfrutar en plenitud del éxito de haber colocado al Atlético en semifinales de la Copa de Europa por tercera vez en cuatro participaciones. Golpeado el equipo por la final de Milán, por las consecuencias del posterior discurso del técnico en San Siro y por las lesiones de larga duración como la de Augusto Fernández, en la emoción expresada por Simeone se reflejaba la satisfacción por alcanzar un logro que hace un par de meses no estaba tan claro.
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