Detrás de esa cara bonachona, Stan Wawrinka esconde un diablillo. El suizo, tres del mundo, uno de los tenistas más impredecibles, tiende con relativa facilidad a la dispersión, pero a la que está inspirado y se le abre un poco la puerta no es de los que pida permiso para entrar. Directamente, se mete hasta la cocina. Eso es lo que ocurrió en las semifinales de Indian Wells frente a Pablo Carreño, que competía por primera vez en una cota tan alta de un Masters 1000. El asturiano, buen muchacho él, se dio un par de respiros para coger aire y el suizo, sin aviso previo ni miramiento alguno, le cortó las alas (6-3 y 6-2, en 1h 04m) y se citó en la final con su compatriota Roger Federer (6-1 y 7-6 a Jack Sock).
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