El Camp Nou es la imagen perfecta de un rectángulo. Verde, marcado como para la historia de las líneas, alberga en su seno, cuando se pone en funcionamiento la maquinaria del fútbol, una conjunción belleza o triste, según le vaya a los que juegan dentro. Eso es decisivo. Como si el tiempo se parara, el fútbol es lo que se juega. No es lo que se dice, ni lo que se grita; ni siquiera es el árbitro el fútbol. Hay una abstracción total, como la que supone, entre otras cosas, un triángulo, que es una ensoñación borgiana.
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