En el trayecto de la línea 2 del metro de Nápoles, la que va desde la Piazza Garibaldi hasta Campi Flegrei, -seis paradas, unos 25 minutos- impera el silencio. Son las cuatro de la tarde y no se escuchan gritos, ni cánticos, ni insultos. Nada. Calma. Hasta que a falta de una parada para llegar suena un teléfono. Y la melodía es la narración de un gol del Nápoles. Suena unos cinco segundos hasta que su dueño responde. Lo hace para tranquilizar a su interlocutor y decirle que está al caer, que no se impaciente. Vestido de negro pero con la camiseta de su equipo y la bufanda al cuello sale pitando del vagón y se encuentra con el grupo.
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