Iba a ser el gran salto adelante. La instalación de nichos para aficionados al fútbol había cuajado en estadios de clubes de Primera —Betis, Espanyol, Atlético—, pero el Barça era algo más: un negocio de 90 millones y la llave para internacionalizar los columbarios. El empresario Santi Bach, muñidor de esa comunión de fútbol y muerte, intentó vender la idea al Manchester City, al Corinthians… Pero mientras vaciaba (presuntamente) los fondos de la empresa, el proyecto del Camp Nou embarrancó, dejando en la estacada a socios e inversores y arrastrando al Barça a un nuevo conflicto judicial.
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