A ciertas horas el trabajo de portero de fútbol consiste en esperar con los pies encima de la mesa a que ocurra algo interesante. Su oficina puede resultar un sitio vagamente aburrido. Debe ser así. Esperar a que la paz se rompa, y someterse a la sorpresa, es una de sus atribuciones, como cuando desayunas tranquilamente y al abrir el periódico escupes el café y le gritas a tu pareja: “¡Cariño, tienes que ver esto!”. Ese paso del aburrimiento al vértigo al que se someten los porteros de repente copia episodios de la vida de cualquier persona, a la que se le complica la vida en unos pocos segundos, cuando creía que la tenía controlada. Oblak, el portero del Atlético, vivió ese cambio ante el Bayer Leverkusen, y de qué forma.
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