El Europeo se había convertido en un caos de adrenalina, testosterona, salidas nulas e incapacidad de los jueces para controlar los disparos de sus pistolas, y ni la sonrisa y la calma permanente y triunfadora de Ruth Beitia, impecable en su calificación podían con él, y en eso llegó Orlando Ortega, la otra marca registrada y establecida del atletismo español, quien, corriendo arrítmico, desesperado como aquel al que se le escapa el autobús, derribó la cuarta valla, tropezó en la quinta, terminó séptimo la final de 60m vallas, dio unos pasos y se quedó clavado en la colchoneta en la que frenan todos su velocidad y sus impulsos. “Los 60 son un abrir y un cerrar de ojos, en un nada pasas de todo a nada”, dijo, la filosofía intentando disimular su pena, el medallista de plata de Río en 110m, la distancia que le permite su progresión mortífera a partir de la séptima valla. “No fue el día. Es normal que me sienta un poco incómodo”. No ofreció más explicación. Ganó el que todo el mundo sabía que iba a ganar, el británico Andy Pozzi (7,51s). Ortega terminó en 7,64s, la peor marca de su temporada en pista cubierta.
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