Hubo un momento a punto de llegarse al ecuador del partido en el que el Celta se empezó a encontrar incómodo en su dominio. Le importunaba mostrarse tan superior y ver como los minutos se descontaban sin que el marcador se moviese. El Krasnodar era un pelele. Había un equipo que proponía y otro que perseguía y se retorcía en su trinchera. El Celta disparaba desde todos los flancos: Guidetti llegaba al remate, Aspas y Wass intercambiaban posciones y eran indetectables para los zagueros, Hugo Mallo percutía y Pione Sisto simplemente era imparable. Pero tal despliegue balístico no hacía diana y eso empezaba a ser un problema.
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