Supongo que nos habrá sucedido lo mismo a muchos de nosotros. Imagino que no soy el único que se ha dado cuenta de lo mucho que quería a Luis Enrique justo en el instante en que dijo que se marchaba, que nos dejaba. Tres años inolvidables, como el mismo reconoció en su despedida, que con el paso del tiempo se convertirán en un recuerdo perfecto e imborrable pues la memoria y el corazón suelen combinarse con el calendario para sepultar los roces y conservar los buenos momentos, lo mismo con aquella primera novia de instituto que nos abandonó por un surfero francés que con el último entrenador de tu equipo de fútbol favorito.
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