Cristiano Ronaldo se retiró de San Mamés entre silbidos. Después de comprobar que todavía quedaban 10 minutos para el final de un partido que no estaba cerrado, su mosqueo fue en aumento. Tras chocar las manos con Isco, Zidane le recibió con el brazo extendido pero sus ojos nunca se encontraron. Básicamente porque el portugués no quiso verle. Tras preguntar algo al banquillo se sentó junto a Modric, otra rara avis del banco, que tampoco sabía muy bien qué hacía allí.
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