Es tan fácil marcar un penalti que, si te pones a pensarlo, es imposible. Nadie puede, salvo ese insignificante ochenta por ciento que de media lo marca. En un instante tan frágil, la escala de las cosas se desordena, y las verdades inmutables se reducen a mentiras rotas, como las que atañen al tamaño de la portería, la distancia al punto de lanzamiento, la forma del balón… De pronto, nada es lo que era. Casi parece normal lo que ocurre en el Atlético, donde sus jugadores no convierten un penalti desde hace meses. Qué lejos queda lo que contaba Menotti, cuando en Rosario Central “teníamos prohibido gritar un gol de penalti porque un gol de penalti lo hace cualquiera”. A veces se vuelve difícil el acto mismo de colocar el balón. No menos difícil, al menos, que encontrar la postura perfecta para dormir. Antes hay que dar vueltas en la cama, o levantarse a calentar un cola-cao, o meterse en el baño a leer, hasta que a uno se le adormece una pierna.
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