Hubo un día, allá en 2011, en el que Florentino Pérez no daba crédito a lo que escuchaba. “¿A quién decís que queréis traer? ¿A Pablo Laso?”. Sus interlocutores, los que le proponían ese nombre y ese apellido para ocupar el banquillo del Real Madrid, eran Juan Carlos Sánchez y Alberto Herreros, los responsables de la sección de baloncesto del club. ¿Pero qué mascarada es esta?, le faltó decir al presidente. No entendía cómo los supuestos expertos de la casa eran capaces de proponer a un advenedizo para un puesto de semejante responsabilidad. Venía el Madrid de fracasar con Ettore Messina, tan científico él, tan metódico, tan doctor honoris causa y, lo que es más importante, tan bien vestido. El mismo Messina que consideraba que Felipe Reyes era una rémora deportiva y moral para el vestuario, que Sergio Rodríguez y su magia harían bien en buscarse la vida en Málaga y que a Sergio Llull no se le podía dar la dirección del equipo so pena de convertir cada partido en una ruleta rusa. Alguien aconsejó a Florentino Pérez que hiciera caso a los profesionales, que bastante tenía él con volcar su ignota sabiduría en el fútbol.
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