Dice Ruud Gullit que Marco Van Basten era un delantero fácil. De esa clase de jugadores que cuando se aburren en el campo fabrican un gol. Era especialmente frío en el remate, un delantero desagradable cuando la portería estaba delante. Dice Gullit que a veces se le quedaba mirando en el campo, porque Van Basten, como todos los animales salvajes, dedicaba muchos minutos a planear un crimen, y pensaba Gullit: “¿Qué estará tramando Bassie ahora?”. También dice Gullit que aquel delantero fino que en el área podía moverse como un bailarín y remataba con una técnica de academia, podía ser un “auténtico cabronazo en el campo, duro y cruel”. Por encima de todo, dice Gullit, que está diciendo muchas cosas porque acaba de publicar un libro (Cómo leer de fútbol, Córner), Van Basten era un egoísta absoluto. Si no marcaba ningún gol, pero algún compañero sí, se ponía a gritarle a todo el mundo que le pasasen el balón a él, a Marco Van Basten, el mejor delantero del mundo.
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