Más allá del partido perdido está el aburrido. El perdido encrespa e ilusiona a partes iguales. En las malas películas, en las novelas, el final te da siempre una alegría y una tristeza: que se acaba para bien o para mal. El aburrido tiene el maldito don de la eternidad. No acaba nunca y nunca acaba de comenzar. Es como un charco bajo la tormenta. Y el Athletic anda empeñado en convertir cada primer tiempo en San Mamés en un concierto anodino, un play back para probar los focos frente a las mudas guitarras. Vamos, que el Athletic no esté para florituras. Sabe lo que va a cantar en cada concierto y cuando lo va a cantar. Y el Deportivo, con la necesidad de triunfar, decidió no arriesgar, confiar en un punteo atrevido ara salvar el espectáculo. Y como uno no cantaba, el Athletic, porque sus voces, Beñat, Wiliams, Aduriz, Raúl Garcia, no sonaban y el otro, el Deportivo, apenas hilvanaba dos acordes antes de romperse una uña, el partido era un desconcierto. Ocurre que en el fútbol cuando los porteros no intervienen es que a los delanteros les duelen las muelas. Emre Çolak le sacó un diente al Athletic de una dentellada mordaz: un zapatazo lejano, directo, sólido que sorprendió a todos, a todo San Mamés. El tuco atesora calidad y no escatima el trabajo. Y su equipo estaba trabajando bien. Ni metía miedo ni lo sufría, pero se sentía arropado, cómodo, tranquilo.
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