“No soy de hierro”. Marcelo, en las entrañas del Bernabéu después de la derrota ante el Celta, reconoció con cierta resignación su condición de mortal. Antes de descubrirse ante la prensa se detuvo un momento y resopló. El partido le había exigido tal esfuerzo que sus pulmones aún necesitaban inhalar todo el oxígeno que fuera posible para volver a su forma original, un semicono de eje mayor vertical, como recogen los libros de anatomía: “Estoy para ayudar al equipo. Jugar un partido los 90 minutos cansa, pero a todo el equipo, no solo a mí”.
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