El de Roger Federer y el tenis es, sin duda, uno de los grandes binomios de la historia del deporte. Por eso ayer, cuando el suizo irrumpió en la pista central de Melbourne, ya de noche, el cielo se abrió y aquello que instantes antes se veía oscuro y desangelado fue cobrando color, mucho más sentido. Porque, al fin y al cabo, el tenis no se entiende sin la figura de Federer y este no contempla la vida sin una raqueta, aún no, de modo que los seis meses de ausencia del hombre de los 17 grandes se les han hecho larguísimos a todo el mundo. A él, a sus colegas de profesión, al aficionado. A todos. Así que como el receso ya se había demorado más de la cuenta y la broma de su rodilla había empezado a perder ya toda gracia, el genio volvió a la pista, su hábitat natural, Australia le recibió con los brazos abiertos.
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