Aunque la firma estadounidense que le viste le haya jugado una mala pasada en Melbourne, con una camiseta de dudoso gusto que reproduce algo así como el pelaje de una cebra, Roger Federer desprende elegancia allá por donde pisa. Por su tenis estético y sus formas, exquisitas dentro y fuera de la pista, no es difícil imaginarse al suizo trajeado, violín en mano y una partitura delante, e interpretando El Lago de los Cisnes de Chaikovski, porque sus golpes desprenden sonidos melódicos y su tenis es al fin y al cabo una sinfonía.
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