Un empate a dos inter pares es mucho y es poco, según se mire. Si se miran los goles en campo contrario, el Alavés exhibía una sonrisa de oreja a oreja: dos goles en campo contrario, como los que consiguió en la ida, en Riazor, te garantizan una buena inversión. Si se piensa que un gol del rival, aunque sea en el desierto, te manda al infierno y el frío, hiela. El Alavés necesita que Mendizorroza se amplíe cuanto antes. Necesita metros para correr, escurrirse, filtrarse, engañar al contrario. Todo lo que encuentra a domicilio se le niega en su propia casa: fuera navega por los pasillos, en su propia casa tropieza con las mesillas y las rinconeras. Se le nota ajeno. Y aun así, el conjunto de Pellegrino encontró una puerta abierta y entró en la red. Fue un remate de Cristian Santos que se fue al larguero, lo recogió Edgar Méndez, se hizo un autopase y lo cruzó a la esquina vacía de la red.
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