Imagínese, estimado lector, que camina usted por un aeropuerto maleta en mano, ensimismado en sus pensamientos, cuando de repente un joven que no se sabe muy bien de dónde ha salido ni qué hace allí se le acerca despacio y le dice “hola, Jaume” (imagínese que se llama usted Jaume) y, tras mirar a un lado y a otro, le espeta: “Más huevos, ¿eh? Hay que echarle más huevos”. Usted le mira de hito en hito, piensa qué demonios hará ese imbécil allí a la una de la mañana, e intenta no hacerle caso. Pero él insiste: “Tenéis que echarle más huevos, que no lo hacéis. Huevos, huevos, huevos…, porque si no…”, el término y la amenaza se van agrandando a la vez que se pierde su eco en aquella terminal vacía. Su primera reacción, amable lector, bien podría ser la de lanzar un improperio a tan ovíparo tocapelotas. Pero no lo hace. Luego se plantea decirle, con toda educación, que le deje tranquilo. Tampoco lo hace. Porque no lo puede hacer. Porque es usted futbolista. Y si es usted futbolista y se cruza en su camino con uno, 10, 1.000 o 10.000 idiotas que le acosan y le insultan no le queda otra que quedarse callado, agachar la cabeza, controlar el control y apretar el paso sin dejar escapar un gesto de desprecio, no sea que lo haga y le acusen de provocador. Y luego, ya en casa, vomita usted toda su humillación. Pero en la intimidad. Sin cámaras, sin focos. Es usted futbolista, así que su condición de ser humano… ¿a quién le importa su condición de ser humano?
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