“Aparte de fisioterapeuta universitario me siento un artesano”, dice Miguel Gutiérrez (Bilbao, 1946). “Me gusta mucho la terapia manual. Primero porque es la comunión entre el paciente y tú. Si impones las manos y el paciente las encuentra seguras, que saben tocar, ya tienes parte de la psicología ganada. Segundo, porque con la sensación que tienes de la palpación haces un diagnóstico fisioterápico. Es decir: que lo ves. Ves el hematoma que crepita, ves la nodulación que ha hecho una microfisura, o un dolor que en vez de ser muscular es irradiado. Ahora los médicos se fían más de las ecografías que de las palpaciones. El láser y la electroterapia sustituyen a las manos. Este es un arte en vías de extinción”.
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