El virus del Eibar, ese que contagia optimismo en su campaña de abonados, fue en el terreno de juego Adrián, un muchacho acostumbrado al centro del campo en muchas versiones y al que Mendilibar reconvirtió en delantero centro sin que el Celta, con sus tres centrales, llegara a enterarse. No se enteró cuando remató de cabeza al poste, antes de que Fran Rico lograra el gol a los nueve minutos, ni cuando le hizo un sobrero al defensa y disparó al larguero nada más iniciarse la segunda mitad, ni cuando el portero Rubén tuvo que taponar su disparo tras una pared fantástica, ni cuando cabeceó al más puro estilo del nueve clásico exigiendo lo mejor del portero gallego. Nadie del Celta, salvo Rubén Banco, se enteró de que aquel muchacho con el 24 a la espalda jugaba al escondite con los centrales del Celta, especialmente con Roncaglia, muy desubicado en el lado derecho, y una vez tras otra libraba a todos sus compañeros cada vez que hacía fata un remate a gol o una asistencia o sencillamente desubicar a la defensa. Parecía que jugase de perfil, porque nadie le veía y resulta que estaba en todas partes.
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