Debía ser la temporada de su despegue definitivo, el año para decir que de algún modo las tonterías se habían terminado, que era un chico nuevo, que había cambiado o al menos se había corregido, y que todas esas teorías y voces que dicen de forma rotunda que Nick Kyrgios (Canberra, Australia; 21 años) lo tiene todo para ser uno de los grandes dominadores del futuro del tenis están en lo cierto. Era, se aseguraba, se esperaba, el año, momento, su oportunidad para dejar atrás las fechorías y empezar a limpiar su currículo, plagado de episodios feos, pero polvoriento de éxitos.
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