Hay detalles imperecederos en el fútbol inglés: estadios repletos, un aroma y una liturgia futbolera que le confieren un halo inigualable para cualquier otra competición. Pero desde hace ya un tiempo se destila un poso que rompe con la tradición. Puede que sea la globalización en sus planteles, el mestizaje de un estilo que era único, la que ha convertido bastantes de los partidos de la Premier League en infumables. El último duelo entre Liverpool y Manchester United, el gran clásico del fútbol inglés tantas veces electrizante fue un pestiño considerable que acabó en un empate sin goles después de que los locales diesen un leve acelerón frenado en seco por David de Gea.
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