Tan gallego es el Celta que la imagen que transmite a día de hoy entronca con un sentimiento de morriña. Hace tan poco tiempo que le hemos visto jugar tan bien, tan presente está ese recuerdo teñido de atrevimiento, de ambición y codicia, de talento, en definitiva de verdad futbolística, que es hasta lógico que brote la melancolía. Hay un poso porque hay mucho trabajo detrás y continúan la mayoría de los futbolistas que plasmaron de manera tan brillante la evolución de un estilo que con Berizzo alcanzó momentos de sublimación larvados ya antes con otros estrategas, pero faltan burbujas en este champán. El Celta se ha vulgarizado y en ese recorrido se topó con la ansiedad por los malos resultados. No parece una buena mezcla, pero al menos a la quinta (la sexta si se considera el partido de Europa League en Lieja) cantó victoria. Puede ser un comienzo.
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