Espanyol-Real Madrid. En las gradas, colorido blanquiazul mayoritario, pitada general a la alineación merengue. ¿No era el Espanyol una filial del Madrid? A algunos, muchos, bien colocados, bien alimentados, sonrosados, ufanos, encantados de conocerse, veraneantes en Cadaqués, les interesa fomentar ese mito para seguir apropiándose de Catalunya y atizar el fuego de la Inquisición donde han de arder herejes charnegos, españolistas del Espanyol y demás purria no soberanista, no necesariamente anti, pues aquí lo que se quiere defender es la libertad de pensamiento. Esta noche nuestra zona, habitualmente fantasmal, está concurrida por una familia de aficionados merengues y por los clásicos japoneses, que parecen a punto de padecer un orgasmo —sí, he escrito padecer— cada vez que la pelota ronda cualquiera de las dos porterías. El orgasmo será nuestro cuando ganemos el primer partido, dicho sea de paso. No hay prisa por tener un orgasmo, vamos a contracorriente en esta sociedad de eyaculadores precoces. Ya has eyaculado, ¿y ahora qué? Eso es el resultadismo. La confianza en Sánchez Flores es total. Se le sigue aplaudiendo en Cornellà El Prat. La familia de merengues celebra los goles como si estuvieran en el comedor de su casa, y los japoneses prorrumpen en onomatopeyas lógicamente incomprensibles. Nos sentimos excluidos incluso en nuestra propia casa, molestando con nuestro abatimiento tanta felicidad ajena. Luego, al final, unos y otros se irán educadamente y nosotros nos quedaremos rumiando qué hemos hecho mal, si es que fuera el caso, o simplemente se trata de aceptar nuestras elecciones, con dignidad y hombría.
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