Dice Diego Pablo Simeone cuando habla de Ángel Correa que en sus acelerones desordenados hay un punto de luz. Que en sus conducciones sorteando rivales, va observando de reojo todo lo que pasa a su alrededor. El gol del escurridizo delantero argentino en el Camp Nou le dio la razón al técnico. Correa conducía con la cabeza gacha hasta que intuyó que el resbalón de Mascherano le plantaba cara a cara con Ter Stegen. Correíta o Angelito, como le dicen en el vestuario, alzó la vista en la frontal del área y fotografió al portero alemán en el medio. Detectó que el espacio entre el palo derecho de Ter Stegen y éste era insalvable y lo ejecutó con una especie de penalti retrasado un par de metros. Corrrea deslizó un toque suave con el interior de su bota derecha que entró tras rozar en la base del poste. Un remate de jugador muy fino, de visión periférica, teledirigido al lugar en el que pastan las vacas, que dicen los clásicos.
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