Algunos de nosotros, despistados por naturaleza pero sensibles a cualquier descenso considerable de las temperaturas, solíamos identificar el final del verano con la primera gripe o resfriado que se encargaban de fijar la situación exacta en el calendario a base de tos, mocos, dolor de cabeza y una ingesta poco prudente de Frenadol. A día de hoy, quizás por aquello del cambio climático o la mejora ostensible en la prevención y las prendas de entretiempo, uno sabe que se acerca el melancólico otoño como antesala del invierno no porque nos gotee la nariz, o porque nuestras madres nos ofrezcan a no sé qué santo milagrero del gremio de los antihistamínicos, sino por la llegada del obligado parón en las ligas del continente para la disputa de partidos entre selecciones nacionales.
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