“Fue uno de los mejores momentos de mi carrera”, dice, diez años después, emocionado, Pau Gasol. El mejor jugador español se perdió la final de su vida, la del Mundial de 2006, la final de las finales del baloncesto español hasta entonces —la de los Juegos en 1984 se dio por perdida de antemano—, la que abrió la veda del oro. Maltrecho, con un pie inmovilizado, con lágrimas de rabia por no poder estar en la cancha, Pau Gasol siguió ejerciendo de líder, pero en aquella ocasión, como fuente de motivación. Sus compañeros así lo reconocieron y comparecieron en la cancha con una camiseta con la inscripción: “Pau también juega”.
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